Crítica de 28 años después: El templo de los huesos
La enésima película de zombis con temas que has visto mil veces mejor tratados en otras historias.
Excelente película sobre la pérdida y el amor, con un tercer acto magistral.
Calificación: ⭐⭐⭐⭐⭐
Hamnet es una película excelente que hace lo que el buen arte, te pide en los primeros actos para luego darte mucho más de lo que ha demandado, de manera que recompensa con creces ese trabajo que has tenido que hacer, confiando en que Chloé Zhao lo llevará a puerto, a veces justo al borde de que creas que no lo conseguirá, pero vaya si lo hace.
La película, ambientada en un libro y en la vida de Shakespeare, o lo poco que se sabe realmente de ella, habla del amor y la pérdida, unidos sin remedio.
La parte del amor, especialmente entre William y su esposa Agnes, es bastante típica, pero honesta, como también lo es en el caso de ese amor por los niños, más apasionado en la madre que en el padre, pero sin que eso signifique que el último sea menor, solo más callado.
Ese amor entre ellos se ve puesto a prueba por la carrera de Shakespeare en Londres, al principio tortuosa, pero que poco a poco toma vuelo.
Pero como buena metaobra Shakesperiana, llegan la pérdida y el dolor a la vez que el éxito y Zhao muestra cómo eso vuelve a poner a prueba ese amor, cuya cuerda se estira aún más, distanciando a William y Agnes, desgastando la amarra, pareciendo que a esta apenas le queda un hilo que aguanta como puede. Especialmente, debido a cómo afronta cada uno la pérdida de su hijo de manera tan diferente.
Agnes es pasión primal, pero Shakespeare, más reservado, se refugia en el arte y la distancia (física y emocional) en el silencio que le resulta necesario para hacer lo mejor que se puede hacer con el arte, coger todo ese dolor y convertirlo en algo mucho más grande gracias a ese matraz alquímico.
Ese arte no solamente lo exorciza (cosa imposible del todo en una pérdida así), sino que crea algo que lo trasciende y consigue que su hijo fallecido se convierta en inmortal. La Gran Obra suprema.
Es en el tercer acto, con la llegada de su mujer a Londres y el estreno de Hamlet (otra manera de decir Hamnet) que los puntos se unen y todo adquiere sentido, especialmente el cierto esfuerzo por conectar en los dos primeros actos, cuya honestidad es algo cruda, algo fría, a veces un poco preparada, y que demanda que inviertas bastante atención en estos tiempos de móviles, todo un pecado.
Pero si lo has hecho…
Porque es a través de la obra, a través del arte, que Shakespeare expresa ese dolor desgarrado que, hasta entonces, parecía callado y distante. Lo saca de él, lo comparte con el mundo, habla del mismo desconsuelo que todos hemos sentido y sentiremos pero, sobre todo, le sirve para conectar de nuevo con su mujer, que ahora lo entiende. A través de ese arte se reencuentran y con él y por él se hace posible que dos formas muy diferentes de sentir se comprendan y se exprese de una manera universal el amor más profundo por su hijo. Este será sentido también por la audiencia de la obra, la de ese estreno y todas las futuras. Y así, Hamnet es un nombre que ya nunca se olvide.
Una muy buena película y EMOCIÓN con mayúsculas, un oasis entre tanta propuesta que ya solo trata de manufacturarla con los trucos de siempre.