Crítica de Mickey 17
Una premisa interesante que se cae por el precipicio conforme avanza su (larga) historia incoherente
Una película dura, que transmite lo descarnado de la situación mediante una interpretación magistral y calmada. Una rareza.
Calificación: ⭐⭐⭐
Cuando visitas el campo de Auschwitz puedes ver un montón de niños rubios por todas partes, acompañados de maestros y guías. Son colegiales alemanes, a los que se les enseña el pasado con la débil esperanza de que no se olvide y no se repita, enseñando las historias que muchos quieren borrar adrede.
Aún estoy aquí es una película así, que muestra lo horrible de la dictadura militar en Brasil durante los 70. Concretamente, el caso real de la desaparición de un exdiputado y de la lucha de su mujer por descubrir qué fue de él y que se reconozca que la dictadura lo mató.
Y además de eso, es una película con una ambientación excelente, una muy buena cinematografía y una fotografía que recoge bien las luces y colores de aquellos 70.
Pero sobre todo, la película es su protagonista principal.
Fernanda Torres se marca una interpretación magistral como esposa coraje, una en la que transmite todo el desgarro y lo horrible de la situación con una calma y una mesura rara en estos tiempos, en los que parece que actuar las emociones es expresarlas de la manera más histriónica posible. Torres demuestra todo lo contrario, que es capaz de transmitir los puñetazos en el estómago con una serenidad inquietante, que no ahorra detalles, pero es poderosa en lo sutil, en lugar de recrearse en lo sórdido.
Hay veces que vas al cine a desconectar el cerebro y otras a que te pateen en el estómago. Aún estoy aquí se pone las botas con puntera de metal para hacer esto último.
Esta es una película sobre el sufrimiento de los que rodean a las víctimas, de los que se quedan y no los que se van. Lo que tiene mérito y hace más complicada la historia, porque lo fácil es centrarse en el desaparecido y sus peripecias, pero eso se cuenta en las sombras y entrelíneas de la historia de su esposa.
Es complicado poner pegas a una historia tan potente y una manufactura tan cuidada, pero lo cierto es que la película es demasiado larga.
Las dos horas y cuarto que se toma para desarrollar la trama son algo irregulares con un ritmo en el que a veces arrastra la acción y, de repente, han pasado 20 años.
Además, también tiende a recrearse un poco demasiado en la familia. En escenas cotidianas, intentando generar mayor empatía por los personajes, pero la carga dramática ya nos la han soltado y esas escenas no hacen más que estirar la acción, pero sin avanzarla o añadir algo, o por lo menos, no lo suficiente en algunos casos.
A eso también contribuye que, quitando el personaje de la esposa, todos los demás, especialmente los hijos de la familia, no son especialmente interesantes, cosa natural porque al final muchos son niños y esta no es una irritante producción de Hollywood, donde tienen que tener algún ridículo papel en el que son fundamentales para la trama.
A pesar de lo anterior, la peli es muy buena y debería ser de obligada visión, como las visitas a Auschwitz para los niños alemanes. Lo que pasa es que yo soy un poco capullo y tengo que sacarle defectos a todo.
Deja un regusto amargo cuando sales y la sensación de que, a pesar de que éramos unos cuantos en la sala, debería haber estado más llena. Pero no ocurrirá, y todos los que vayan a verla son los que menos necesitan hacerlo.
Me quedó con una frase de la película en la que la esposa del diputado va a buscar a otra mujer que detuvieron junto a él. Esta es reticente a declarar que lo vio, por puro miedo, y la protagonista le dice que su marido está en peligro, a lo que la mujer, después de mirarla un instante, replica:
«Todos estamos en peligro».
Esas cuatro palabras son el mejor resumen de todo.